cómo proteger a tus hijos del algoritmo
El algoritmo parece que ya no es un concepto técnico reservado sólo a especialistas: decide qué contenido aparece primero, qué recomendaciones se repiten y qué estímulos compiten por la atención de las personas. Para muchas familias, ese motor invisible está detrás de muchas de sus preocupaciones: ¿por qué mi hijo no suelta el móvil?, ¿cómo sé si un mensaje es un engaño?, ¿qué hago si hay acoso?, ¿cómo acompañar sin invadir la privacidad?
El encuentro ‘Tenemos que hablar del algoritmo’ trató de responder para aterrizar estas preguntas desde distintos ámbitos profesionales y con un objetivo compartido: promover una cultura digital igualitaria, diversa e inclusiva, donde nadie se quede atrás por falta de información, edad, recursos o experiencia tecnológica. Begoña García, responsable de Concienciación y Cultura de Ciberseguridad en BBVA, afirmó que “el rápido avance de la tecnología y de la inteligencia artificial también está siendo aprovechado por la ciberdelincuencia para conseguir engaños cada vez más sofisticados y personalizados. Nuestra defensa más potente no es solo la tecnología, sino el desarrollo del pensamiento crítico en jóvenes y la formación de las familias para poder educarlos en este entorno digital. Vamos un paso por detrás en educación y esa es nuestra mayor vulnerabilidad”.
La tecnología, los algoritmos o la IA por definición no son buenos ni malos, dependen del uso que se haga de ellos. Cuando la ciberdelincuencia utiliza estas herramientas, los resultados son ataques más sofisticados, más personalizados y más escalables, capaces de adaptar el engaño a cada persona y hacer que sea más difícil detectar señales de alerta. En paralelo, se popularizan técnicas como los ‘deepfakes’ y los ‘voice fakes’, que pueden imitar identidades con gran realismo, complicando consejos clásicos como “verifica el remitente”.
La conclusión es clara: la protección no depende solo de tener la tecnología adecuada. Depende de hábitos, educación y capacidad para parar antes de actuar.
Infancia y adolescencia: la economía de la atención
Diversas fuentes, entre ellas el podcast de Marián Rojas ‘El efecto de tik tok en nuestro cerebro’, asegura que los menores crecen en un entorno donde la tecnología está diseñada para ser altamente estimulante. La neurociencia se utiliza en el diseño digital para crear experiencias que pueden generar dependencia. Entre los efectos asociados al uso intensivo destacan el impacto en la memoria y la capacidad de atención, la necesidad de inmediatez (que influye en el ciclo de recompensas del cerebro y en la tolerancia a la frustración), el desarrollo del lenguaje, la inteligencia y la creatividad, además de la calidad del sueño.
La pregunta, por tanto, no es solo cuánto tiempo pasan conectados, sino cómo y para qué: entre adolescentes de 14 a 17 años, sus usos principales de internet incluyen entrar en redes sociales (79,8%), el consumo de contenidos (78%) y la comunicación (75%); en juegos online se observa una diferencia notable: casi el 75% en chicos frente al 15% en chicas, según el informe de Save the Children en el marco de la campaña #DerechosSinConexión (11 de julio de 2024). Estos patrones importan porque el algoritmo aprende de lo que retenemos en pantalla y tiende a ofrecernos “más de lo mismo”, reforzando bucles de consumo rápido.








