cómo integrar prácticas agrícolas sostenibles
“Una de las reticencias del sector agrario para implementar prácticas agrícolas más sostenibles se basa en argumentos que afirman que son más caras y menos productivas, así que estos resultados, a pesar de que de momento son a pequeña escala y hay que ampliar la investigación, son esperanzadores”, señala Javier Retana, profesor de la UAB e investigador del CREAF y coordinador del proyecto. A pesar de casos como este, integrar las prácticas agrícolas sostenibles en la agricultura y, en particular, en la producción de frutas, no es sencillo.
La producción sostenible de frutas
A varios cientos de kilómetros al sur de La Garrotxa, la zona de la Axarquía (Málaga) es uno de los puntos de máxima producción de frutas de la península ibérica. Allí, investigadores del grupo WEARE-EAARN (Water, Environmental and Agricultural Resources Economics) de la Universidad de Córdoba estudian los cultivos hortícolas, subtropicales y de olivar no solo para proponer vías para integrar prácticas más sostenibles en la industria, sino también para hacerlo de forma económicamente viable.
“Una práctica sostenible es aquella que contribuye a la preservación y a la mejora del entorno sin ejercer ningún daño en el mismo a corto o largo plazo. Además, estas prácticas se basan en el uso eficiente de los recursos naturales, reduciendo los residuos y emisiones”, explica Laura Sánchez-Mata, ingeniera agrónoma e investigadora del grupo WEARE-EAARN. Dentro de esta definición, encaja un amplio abanico de prácticas que van desde las más transformadoras, como la agroecología y la agricultura regenerativa, a otras más puntuales y concretas.
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, la FAO, las principales prácticas sostenibles para la producción de frutas son:
- La mejora de las semillas y del material vegetal. Debe ser genéticamente puro, tener una alta tasa de germinación y estar libre de enfermedades. Además, las variedades deben adaptarse al entorno local y a las preferencias del mercado.
- El riego adecuado y el uso eficiente del agua, adaptado a la disponibilidad de esta y a las condiciones meteorológicas del entorno con el objetivo de minimizar el desperdicio.
- El uso racional de los fertilizantes, priorizando en la medida de lo posible el uso de compost y fertilizantes de base biológica.
- La lucha integrada contra las plagas y las enfermedades, evitando el uso excesivo de productos químicos que causan problemas sanitarios y ambientales.
- La rotación de cultivos y el uso de cultivos intercalados. Ayuda a mantener la fertilidad del suelo y a controlar las plagas y las enfermedades.
- La producción integrada con el ganado. Los animales pueden pastorear bajo los árboles frutales, donde ayudan a eliminar las malezas y a fertilizar el suelo.
- El uso de enmiendas del suelo, como la cubierta vegetal o el abono, para controlar la erosión y aumentar la fertilidad.
- La reducción de la labranza, que destruye la estructura del suelo, reduce la humedad, mata los organismos y acelera la descomposición de la materia orgánica y la liberación de dióxido de carbono a la atmósfera.
De acuerdo con la FAO, las prácticas de agricultura ecológica, que buscan evitar el uso de insumos sintéticos, utilizar cubiertas vegetales y asociación de cultivos para reducir la erosión y controlar las plagas o minimizar el gasto de agua, son particularmente adecuadas para el cultivo de frutas y verduras, ya que los horticultores pueden proporcionar el nivel de mano de obra y de gestión necesario para implementarlas.








