oportunidades y retos en la transición energética
Ventajas del hidrógeno verde
“El hidrógeno y la energía tienen una larga historia compartida. Es liviano, almacenable, energéticamente denso y no produce emisiones directas de contaminantes o gases de efecto invernadero”, explican en el informe ‘The Future of Hydrogen’ de la Agencia Internacional de la Energía (AIE). Asimismo, el hidrógeno permite, al menos sobre el papel, una transición tranquila: eliminar emisiones sin alterar el sistema económico.
Apoyo público y oportunidades económicas
La demanda de hidrógeno para usos industriales no ha dejado de crecer en los últimos 50 años. Según los últimos datos de la AIE, anualmente se producen cerca de 100 millones de toneladas de hidrógeno, pero la inmensa mayoría sigue obteniéndose a partir de combustibles fósiles (principalmente gas natural y carbón, conocidos como hidrógeno gris y marrón). Esta demanda está llamada a multiplicarse y transformarse en los próximos años gracias, sobre todo, a una nueva ola de apoyo público e industrial que ha visto en el hidrógeno verde (generado de forma limpia con renovables) un camino indispensable para acelerar la transición energética.
La mayor apuesta hasta el momento se ha producido desde la Unión Europea, que ha situado el hidrógeno renovable como uno de los pilares de su Pacto Verde (Green Deal). Aunque inicialmente se impulsó como motor de la recuperación pospandemia, hoy la estrategia se ha acelerado drásticamente a través del plan REPowerEU para garantizar la independencia energética. La hoja de ruta comunitaria ya ha fijado objetivos matemáticos para 2030: producir 10 millones de toneladas de hidrógeno verde en suelo europeo e importar otros 10 millones. Para lograrlo, la nueva legislación europea ya obliga a descarbonizar la producción actual, exigiendo a la industria que casi la mitad del hidrógeno que consuma a final de la década sea estrictamente verde, preparándolo para un despliegue masivo como alternativa madura en los años siguientes.
La estrategia de la UE pasa por subvencionar fuertemente esta industria emergente para cerrar la brecha en los costes de producción. En la actualidad, el hidrógeno fósil cuesta alrededor de 1,5 a 2 euros por kilo (variando en función del precio del gas y el petróleo) y el verde promedia los 5,5 euros por kilo en su producción sin ayudas. Ninguno de ellos es competitivo por sí solo frente a gases como el metano. Aunque los costes de la electrólisis cayeron drásticamente en la década pasada, la reciente inflación global ha frenado ese desplome. Por ello, la UE ha dejado de esperar a que la tecnología se abarate sola y ha activado el Banco Europeo del Hidrógeno, un mecanismo de subastas que ya está inyectando primas económicas directas a los productores por cada kilo generado, buscando convertir el hidrógeno verde en una alternativa asequible y competitiva para 2030.








