financiación clave para la gestión de desastres naturales
Retos de los fondos de resiliencia: prevención y gobernanza
Uno de los grandes desafíos a la hora de crear y mejorar los fondos de resiliencia (así como otros mecanismos con fines similares, aunque con otros nombres) es lograr un cambio de paradigma y centrarse en financiar la prevención y no solo la reconstrucción.
“Por cada dólar (o, en este caso, peso) invertido en resiliencia, puedes llegar a ahorrar entre cuatro y siete en respuesta y recuperación”, señala Ruiz, haciendo referencia a un cálculo realizado por la Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR) teniendo en cuenta la realidad de América Latina y el Caribe.
Sin embargo, esa transición no es sencilla, porque en países como México la gestión del riesgo sigue marcada por una tradición de respuestas reactivas y depende de instituciones locales que, en muchos casos, no cuentan con los recursos necesarios para anticiparse a los eventos.
“En México, los sistemas de protección civil, de los que deriva la idea de gestión del riesgo, siempre se han basado en intervenciones reactivas. Por ello, durante muchos años no tuvimos áreas o instrumentos financieros relacionados con la prevención: se pensaba en lo que va a costar cuando ya estaba el problema encima”, explica Ruiz.
“Hoy, el problema se aborda de otra manera, pero las instituciones no han crecido ni en la forma ni con la velocidad necesarias para hacerlo correctamente. A esto se suma que en México las áreas de medioambiente y de gestión urbana, que son las más ligadas a estos fondos, son de competencia municipal. Y muchos municipios no tienen herramientas ni financieras, ni técnicas, ni políticas para actuar”, añade.
Otro de los grandes retos es dar forma a estrategias integradas y cohesionadas, que puedan replicarse de forma satisfactoria en otros contextos. A estos desafíos se suma el de conseguir crear fondos de resiliencia que atiendan no solo a las grandes catástrofes, sino a aquellos eventos que no son tan devastadores, pero que afectan de igual modo a las poblaciones.
“Tenemos un buen ejemplo en Colombia, en donde el financiamiento no se dirige a un proyecto en concreto, sino a lo que llaman un catastro multipropósito. Al financiar el catastro, se puede invertir en instrumentos de gestión de riesgo basados en los usos de suelo, para que el gobierno local pueda sostener una estrategia a lo largo del tiempo”, explica Ruiz. “De este modo -añade-, con fondos de resiliencia que se centren en inversiones locales y que puedan integrarse y replicarse en las comunidades para hacer frente a todo tipo de eventos, se lograría un impacto positivo mucho mayor”.
Ejemplos de fondos de resiliencia en acción
En julio de 2024, menos de un año después de que el huracán Otis devastara Acapulco, el huracán Beryl tocó México. Pero esta vez no causó la misma destrucción. Entró en juego el hecho de que se trataba de una tormenta mucho menos intensa y que llevaba otra trayectoria, pero también fue determinante la prevención. “En este caso hubo muy buenas alertas, un muy buen mecanismo de evacuación y también unos correctos sistemas de provisión de emergencias”, señala Ruiz.
Esto es lo que se debería buscar, concluye la investigadora: inversiones estratégicas en alertas, en infraestructura resiliente y en equipos de emergencia que reaccionen bien y que consigan adelantarse a los problemas.
Otro ejemplo se encuentra en Europa, donde el Fondo de Solidaridad aportó 116 millones de euros en ayuda de socorro, tras las graves inundaciones ocurridas en 2024 en Alemania e Italia, según aprobó el Parlamento Europeo. Este es un ejemplo de cómo la ayuda para reforzar la resiliencia también puede ser reactiva y jugar un papel vital después de que haya ocurrido una catástrofe.








