¿Qué es una ola de calor y cómo se determina oficialmente?
Cómo influye el cambio climático en las olas de calor
Las olas de calor siempre han existido a lo largo de la historia debido a situaciones meteorológicas naturales. Según Mar Gómez, responden habitualmente a la invasión o permanencia prolongada de masas de aire muy cálido, o a la presencia de dorsales o anticiclones en superficie. No obstante, el calentamiento global está alterando este panorama.
En cuanto a la frecuencia, los eventos de calor extremo preindustriales que antes ocurrían una vez cada 10 años ahora se esperan una vez cada 3,5 años, tal y como señala el Sexto Informe de Evaluación (AR6) del IPCC. Esta aceleración en los ciclos climáticos evidencia cómo el calentamiento global ya ha alterado de manera estructural los patrones de la salud pública y la seguridad planetaria. La intensidad también ha escalado de forma radical; Gómez concluye que las olas extremas que sufre España son hoy al menos cinco veces más probables por culpa de la crisis climática.
Finalmente, la duración ha llevado a que bloqueos anticiclónicos persistentes dejen de ser episodios excepcionales para convertirse en fenómenos habituales, atrapando y recalentando el aire durante mucho más tiempo.
Ejemplos recientes de olas de calor en el mundo
Diversos consorcios climáticos e instituciones internacionales han documentado 67 eventos de calor extremo, todos con una influencia humana significativa, entre mayo de 2024 y mayo de 2025. Este análisis, coordinado de forma conjunta por la red World Weather Attribution y Climate Central, constata que ninguno de los episodios térmicos más severos y destructivos del planeta durante ese ciclo de doce meses estuvo libre de la huella del calentamiento global, consolidando la crisis climática como un factor omnipresente en las anomalías de temperatura mundiales.
En Argentina, el inicio de 2024 estuvo marcado por un episodio sin precedentes que afectó a todas sus provincias desde el 21 de enero hasta el 12 de febrero. Fue uno de los eventos más largos de la historia del país, batiendo récords térmicos en el centro y norte con persistentes temperaturas de más de 35 °C. Esta alteración en el cono sur sumó sequías en verano e inviernos muy inestables; tanto es así que en pleno agosto de 2024 los termómetros volvieron a rozar los 40 °C en varias localidades argentinas.
Canadá ejemplifica el impacto letal del llamado “domo de calor”. En junio de 2021, un potente bloqueo anticiclónico mantuvo las temperaturas 20 °C por encima de lo normal en el oeste del país durante una semana. Las consecuencias fueron trágicas: 619 muertos y el pueblo de Lytton, que llegó a registrar 49,6 °C, quedó completamente calcinado en 24 horas por virulentos incendios en el bosque boreal.
El caso de España en 2025 ilustra la tendencia al alza en Europa. La AEMET anticipó que los primeros 20 días de agosto de 2025 serían los más cálidos desde que hay registros. Este episodio sumó más de 10 días de valores extremos, dejando el 12 de agosto récords de 45,5 °C en Badajoz y 45,2 °C en Sevilla. Solo ese día, 165 estaciones sobrepasaron los 40 °C y 62 superaron la marca de los 42 °C.
Estos datos forman parte de un preocupante goteo de récords recientes a nivel global. Junio de 2025 fue el tercer junio más cálido para ‘Copernicus’, y el acumulado de julio de 2024 a junio de 2025 promedió 1,55 °C por encima del nivel preindustrial, lo que empujó a la OMM a proyectar un exceso de temperaturas en casi todas las tierras emergidas de cara al trimestre de julio a septiembre de 2025.
Olas de calor en 2026
De cara a 2026, las proyecciones de las principales agencias climáticas no auguran un respiro, consolidando la “nueva normalidad” térmica. Aunque los modelos meteorológicos preveían para este año una estabilización por la transición natural hacia patrones climáticos más fríos como ‘La Niña’, la inercia térmica acumulada en los océanos ha mantenido las temperaturas globales en umbrales críticos.
Para el verano de 2026 en el hemisferio norte, los expertos alertan de un alto riesgo de olas de calor estáticas. Estas anomalías no solo amenazan con picos diurnos que podrían superar recurrentemente los 46 °C en la región mediterránea, sino que traen consigo un aumento alarmante de las noches tórridas (mínimas por encima de los 25 °C), un factor que impide el enfriamiento natural de los ecosistemas, agrava el riesgo de incendios y dispara los índices de estrés térmico en los entornos urbanos.








